Hay noticias que cuando las conoces te dejan descolocado. Eso es precisamente lo que me ha ocurrido a mí cuando he sabido que José Saramago había fallecido. Es cierto que 87 años es una edad muy avanzada, pero aquellos que le seguíamos y estabamos acostumbrados a su vitalidad, creo que no imaginabamos que el desenlace estuviese tan cercano, o al menos no queríamos creerlo.
Son muchos los paralelismos existentes en la trayectoria vital de este escritor y los de los componentes del grupo Alberto Navarro Pastor, así lo interpreto yo. Hijo de labradores emigrados a Lisboa en busca de una vida mejor, él no pudo estudiar, por tener que trabajar desde muy niño para ayudar a la subsistencia de su familia. Sin embargo simepre encontró un hueco para llegar a la biblioteca de su barrio y leer para formarse, para acallar la voz interna que le llevaría a convertirse en uno de los personajes claves de la intelectualidad mundial desde hace treinta años. Y ese esfuerzo le fue reconocido con la concesión del Premio Nobel de literatuta en 1998, un año más tarde que su gran amigo, el italiano Dario Fo. Ese premio lo recibió pronunciando un discurso memorable dedicado a la memoria de su abuelo, un humilde labrador analfabeto, pero que para Saramago reunía toda la sabiduría que da el contacto y la complicidad con la tierra.
Propongo un recuerdo para este hombre íntegro, que supo amar a su pueblo luso, entendiendo a la vez la necesidad de trabajar unidos por los objetivos comunes, algo que le llevó a mantener y defender la propuesta de unir Portugal y España en una gran nación bajo el nombre de Ibéria. Esta visión le hizo autoexiliarse en un recóndito lugar, la isla de Lanzarote en donde a cerrado sus ojos a la vida terrenal, solo para entrar en el parnaso de los grandes. Leamos su obra, comentemos su ideario, seguro que no nos deja indiferentes.
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